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Dom, Feb

Y no es coña | Carlos Gil

Nunca silbé nada en el muelle de ninguna bahía, ni puerto, ni lago ni piscina. Mucho menos con los pies colgando. Soñé muchas veces que esa sombra que se vislumbraba tras la niebla podías ser tú, pero al final resultó ser el agente de movilidad. Silbaba cuando iba a buscar la leche a la lechería, el carbón a la carbonería y la tinta se hacía con una pastilla diluida en agua en unos tinteros de cristal. Ahora mismo soy totalmente incapaz de mostrar con un silbido alguna emoción. Ni siquiera seguir una canción de aquellos años en los que la máxima ilusión era salir de trabajar e ir a ensayar hasta la madrugada una obra de creación colectiva. 

 

No tengo ataque de nostalgia, sino que estoy desmontando mi propia biografía teatral y periodística porque he llegado a un punto de saturación, de agobio discursivo que me encuentro diciendo siempre  lo mismo y, lo que es peor, casi de la misma manera. Cada vez que me propongo pensar sobre la situación actual de las artes escénicas, acabo hablando de instituciones que deberían ser las que propiciaran su evolución, pero resultan ser las mayores rémoras que tenemos en la práctica diaria. Desde estas tribunas nuestras palabras se convierten en gaseosas. No somos capaces de trascender a los seguidores fanáticos, no hay manera de que alguien que ya te ha catalogado te lea intentando encontrar algo más de lo que esa persona, ya da por supuesto qué vas a decir y desde qué posición lo haces. Ya no importa lo que digas, juzgamos previamente a quien lo dice. Y eso que en política y periodismo es estar en trincheras, cuando embadurna los asuntos culturales, la cosa se pone muy fea.

La verdad es que residiendo en Madrid es difícil escapar al cabreo de ver tu calle después de diez días de una nevada impracticable todavía. Comprobar cómo la pandemia está descontrolada, se está jugando con decretos de restricciones horarias, toques de queda, cierres de comercios y restauración cada vez más adelantados, lo que hace que, en Valladolid, en su magnífico Teatro Calderón, las funciones tuvieran que colocarse a las 17,30 horas para poder cumplir. Es habitual que se suspendan con veinticuatro horas actuaciones, que no se sepa si las de la semana que viene se harán, no se harán, se suspenderán, nos suspenderán, asunto que por mucho que intentemos obviar, convertir en argumentos de reconocimiento a los públicos que van a los teatros pese a todas estas condiciones, está haciendo mucho daño a los profesionales vinculados a las artes escénicas y, supongo, a la resiliencia de los propios públicos que no tienen horarios laborales europeos. 

Y se producen estrenos, y se aplauden iniciativas, y se proclaman premios y se convocan talleres y experiencias. Pero se necesita tal grado de convicción, tanta fuerza interior, tanta capacidad para hacerlo contra todas las circunstancias adversas que empieza a parecer que justamente en esta voluntad, voluntarismo, obcecación, están todos los síntomas de una derrota aplazada. Si se tenían pocas garantías hace un año, si se reclamaban condiciones de trabajo adecuadas, si los convenios y tablas salariales eran una orientación más que una obligación, me temo que saldremos de esta con todo ello convertido en un recuerdo vago, en algo que recordarán los viejos del lugar. Y tenemos que ver con nitidez los presupuestos de este 2021, para ver si la catástrofe no llega también a la gestión de espacios, a las programaciones. De momento los atrasos de las funciones aplazadas, ¿se podrán contabilizar en el ejercicio correspondiente a su contratación, se perderán o se pagarán por adelantado? Y tantas y tantas otras preguntas que no se responderán hasta dentro de unos meses.

Así que aguantamos el chaparrón que, por cierto, los meteorólogos anuncian para Madrid en los próximos días lluvias torrenciales, vamos observando el panorama y debemos recordar con admiración, afecto y complicidad a Gerardo Malla, actor, director, autor de una larga trayectoria realmente fantástica que nos ha dejado en estos días. Yo siempre recuerdo una coplilla que cantaban en una obra con “la Murga” que decía así: “Es la ley, es la ley, que no se la salta ni el Papa ni el Rey”. Voy a ver si la silbo al amanecer.