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Mar, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Muchos de nosotros, la mayoría espero, no pertenecemos a ningún grupo fundamentalista de fanáticos religiosos. No vivimos en épocas de supremacía religiosa, cuando algunos alienados por las palabras de quienes se arrogaban ser los portavoces de dios, se flagelaban hasta hacerse sangrar, por supuesto, con la dosis de dolor necesaria como para expiar la culpa de sus pecados. Con un poco de dolor auto infringido, los acérrimos fieles quedaban listos como para torturar y quemar vivos a los verdaderos pecadores con apariencia humana, pero en el fondo brujos detestables. Los otros, siempre los otros, eran los demonios. El instrumento estrella, capaz de ganarse todos los honores; el silicio. No me refiero al segundo elemento químico más abundante en la tierra después del oxígeno, con múltiples usos beneficiosos, sino al cilicio con c. Como suele suceder, una inocente letra marca una diferencia radical entre una realidad física positiva y la máxima estupidez humana.

Afortunadamente en esta era tecnológica, es una estúpida practica ya erradicada.

¿Erradicada?

No solo me atrevería a afirmar que no ha sido erradicado, sino muy por el contrario, se ha masificado y perfeccionado, claro que, en tiempos modernos, se ha independizado de la fe religiosa y su forma ha derivado en múltiples mecanismos de auto flagelación. Todos de una creatividad impresionante.

Todos sabemos cómo, con el paso del tiempo cualquier dolor físico se aminora hasta desaparecer, mientras los dolores psicológicos quedan por siempre. Puede que en apariencia estén olvidados. En realidad, permanecen guardados en algún rincón del inconsciente esperando el peor momento para volver a martirizarnos.

Algunos de esos dolores, afortunadamente los menos, fueron reales y poco se puede hacer para aliviar la angustia provocada por ellos, salvo ahogarlos con la felicidad de vivir la vida a plenitud. Sin limitarse por la estúpida muletilla "no creo que pueda".

Como en una sesión de yoga, respiremos profundo, cerremos los ojos, pensemos en nuestras angustias, tanto en las más poderosas como en las más insignificantes.

No se trata de usar un cilicio psicológico contemporáneo, ese al que, de manera inconsciente, todos solemos recurrir para borrar nuestros errores con un sufrimiento aun mayor, sino muy por el contrario, encontrar la instancia como para arrojar a la basura tanto dolor innecesario.

Por un segundo intentemos transformarnos en el ingeniero de nuestras mentes capaz de analizar fríamente, ordenar, priorizar, desechar al máximo lo negativo y con aquello imposible de ser eliminado, ser capaz de lograr un óptimo funcionamiento.

Es infinitamente más fácil escribir a poner en práctica, aconsejar que hacer, pero siempre se puede tratar.

Y lo más importante, no renunciar ante el primer fracaso.

Muchos de nuestros dolores nos son provocados por nuestro entorno más cercano, el de los afectos.

Si estamos conscientes de nuestra mínima influencia sobre el actuar ajeno y el pleno dominio del nuestro, quizás suframos menos y podamos abandonar el cilex en alguna página de la historia de nuestras vidas.

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