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Mar, Oct

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Ahora que ya han venido las lluvias a barrer las cenizas, con la debida distancia, me viene el recuerdo de los incendios.

Cada año, seguramente por razones maliciosas, se repite la escena apocalíptica en nuestros montes. Cada verano, o en un otoño seco, asisto al espectáculo espeluznante de los incendios y veo, con rabia y tristeza, como el fuego arrasa la estampa excelsa del paisaje boscoso de Galicia y Portugal.

Los eucaliptos que invaden, estratégicamente, buena parte de la costa de las Rías Baixas, para alimentar la celulosa, son bombas explosivas que, según parece, arden como si fuese gasolina.

Los paisanos llenan los montes de eucaliptos, usurpando el lugar de otras especies autóctonas, porque es un árbol que crece rápido y así lo pueden vender antes.

Los montes que rodean la ciudad en la que vivo están negros, devastados. En algunos lugares, además de los esqueletos tiznados de los árboles, pueden verse rocas oscurecidas que parecen calaveras.

En algunos casos el agua de la lluvia barre cenizas y tierra, contaminando los ríos y ocasionando problemas en las rías, donde tenemos pescado y marisco de categoría. La tierra de esos montes, al no tener la sujeción de las raíces de los árboles, se va y queda un paisaje pétreo y más árido.

En otros casos, el agua de la lluvia consigue hacer rebrotar la vegetación.

El dramaturgo libanés-canadiense Wadji Mouawad tiene una obra titulada Incendios (2003), una tragedia en la que retrata la devastación de la guerra en el seno de una familia, y cómo la humanidad de una madre heroica es capaz de dejar plantada la semilla de un perdón que permitirá brotar la hierba encima del paisaje desolado.

El fatídico día del 15 de octubre de 2017 atravesé Galicia de sur a norte, desde Vigo (Pontevedra) hasta Carballo (A Coruña), para acudir al FIOT, Festival Internacional Outono de Teatro de Carballo. Ese día se representaba Incendios de Wajdi Mouawad, con dirección de Mario Gas y un reparto formado por José Luis Alcobendas, Carlos Martos, Candela Serrat, Alberto Iglesias, Laia Marull, Nuria Espert, Lucía Borrado y Germán Torres. Este fue el espectáculo que ganó el Premio del Público del FIOT 2017.

Durante las 3 horas que dura la trama narrativa del viaje de una hija, Jeanne, hacia la anagnórisis y la catarsis, que es también anagnórisis y catarsis para las espectadoras y espectadores, durante esas 3 horas, en Galicia, sobre todo en la faja atlántica, se multiplicaban los incendios. Los fuertes vientos cálidos y la sequedad del terreno propagaban las ansias malvadas de algunos incendiarios psicópatas.

Sobre el escenario del Pazo de Cultura de Carballo, las actrices y los actores nos ofrecían una interpretación realista y verosímil. Los personajes adquieren complejidad enfrentados a los retos que el testamento de una madre, Nawal Marwan, les sitúa delante, el abismo de los orígenes.

En un contexto escenográfico teatral, no mimético-realista, obra de Carl Filion, se van superponiendo las escenas fragmentarias. La escenografía evoca, descontextualizando y universalizando, los espacios de la ficción narrativa. Éstos, en algunos momentos, se decantan hacia el documento bélico de la barbarie, a través de fragmentos audiovisuales, obra de Álvaro Luna, en los que podemos ver imágenes, más contextualizadas, de los paisajes que se tejen en la historia de Nawal Marwan y su ginea.

El dramatismo, estilizado y, a la vez, contenido, de Laia Marull, interpretando a la joven Nawal, contrasta, rítmicamente (a nivel tensional), con el hieratismo vibrante de Nuria Espert, interpretando a Jihane, Nazira y Nawal. Incluso me pareció apreciar una similitud, en la gestualidad y en algunas actitudes características, entre Marull y Espert, como si la joven actriz, sin imitar de manera explícita, tomase ciertos rasgos caracterológicos y expresivos de Espert. De esta manera, ciertamente, consiguen trazar una verosimilitud respecto al linaje de los personajes, a su relación genética y familiar. Las mujeres de diferentes generaciones de un linaje, interpretadas por las dos actrices, dando vida a personajes de diferentes épocas de la historia de ese linaje, se ciñe, más allá de las palabras del texto, por esos reflejos expresivos y actitudinales que se dan entre madres e hijas.

Wajdi Mouawad, el 23 de marzo de 2003, en el prólogo a Incendios escribía (lo versiono desde la traducción portuguesa de Manuela Torres, en Livros Cotovia): “[…] Se trataba de revelar al actor a través del personaje y de revelar al personaje a través del actor, para que dejase de haber espacio psicológico que los pudiese separar. El único espacio que podía permitir al actor y al personaje no confundirse totalmente era el de la ficción, del simular, de la imaginación. Entonces, antes incluso de escribir una sola línea [del texto], hablamos de consuelo. El escenario como un lugar de consuelo implacable. […]”

El elenco de Incendios, dirigido por Mario Gas, ciertamente, parecía mantener este equilibrio creativo al interpretar a los personajes.

De todo el elenco, las actrices que reconozco, porque las he visto en otros espectáculos varias veces, son Laia Marull y Nuria Espert. Para ambos casos me vienen al pensamiento las palabras con las que Albert Camus definía el “charme” y la seducción de Madeleine Renaud, quizás porque en ambas se da un encanto y una seducción naturales que, no obstante, responde a una técnica y un control depuradísimos.

Camus, en el caso de Madeleine Renaud, lo exponía así: “On ne respecte pas le charme quand il est seul. Madeleine Renaud séduit, il est vrai, mais consciemment, pour obtenir ce triomphe exceptionnel qui, sur scène, ne s’atteint que par des sûrs artifices, je veux dire le naturel. Un acte suffit. Elle entre et on sent une aise dans le public. Elle lui donne, à la seconde même de son entrée, un très simple et un très rare plaisir : le plaisir d’être. »  (No respetamos el encanto por si solo. Madeleine Renaud seduce, es verdad, pero lo hace con consciencia, para obtener ese triunfo excepcional que, sobre escena, no se alcanza más que a través de artificios seguros, me refiero al natural. Un acto es suficiente. Ella entra y uno siente una comodidad en el público. Ella le da, según entra, un placer muy simple y muy raro: el placer de estar.)

Algo parecido a lo que explica aquí Albert Camus es la sensación que a mí me producen Laia Marull y Nuria Espert.

En el trayecto hacia los orígenes descubrimos altas cotas de odio, así como los mecanismos del terror. El trasfondo de la guerra del Líbano como fuente de inquina entre las personas. Una inquina que se cuela, incluso, dentro de las familias. Pero el monstruo cruel, engendrado y engendrador, acabará siendo vencido por una mirada de larga distancia, una mirada épica, lírica y política. Porque la política puede consistir en el arte de hacer la vida mejor. La mirada de una madre que, pese a quedarse muda ante el horror que el monstruo le ha infligido, mantiene la mirada en los horizontes. No aniquila los horizontes, los mira y los escucha con su silencio, hasta que la redención cae sobre las futuras generaciones. Y llueve sobre el escenario, en el momento final, mientras las actrices y los actores en sus personajes, se cogen de las manos. Y la lluvia, como un consuelo, como las lágrimas que limpian los ojos y dan brillo a la mirada, refresca la tierra quemada, sin barrerla, para que pueda de nuevo brotar la vida.

Al salir del teatro, el intenso olor a humo.

En los teléfonos mensajes de alarma.

Una ex alumna, que estaba entre el público, me insiste que es mejor que me quede a dormir en Compostela, que Vigo está cercado por las llamas y que, incluso, están intentando extinguir el fuego que ha prendido en algunos lugares del centro de la ciudad.

Atajo por carreteras secundarias entre la niebla espesa del humo.

Paso por la zona del ayuntamiento de Negreira, justo antes de que, en la radio, informen que se declara, en ese lugar, el nivel de alerta máxima y que se cortan las carreteras.

Cojo la autovía Noia – Santiago de Compostela y la autopista AP9 hacia Vigo.

El resplandor de las llamas me acompaña, con más lejanía o cercanía, a lo largo del trayecto.

La autopista está vacía a esas horas de la noche.

Llego a Vigo y los túneles de Beiramar están cortados, por tanto debo meterme por el centro.

La ciudad está cubierta de humo espeso y en el suelo hay ceniza revoloteando.

Se respira la cólera, la tristeza, pero también la valentía y la solidaridad de la gente que acude en auxilio de quien ve sus casas amenazadas por las llamas.

El consuelo que Wajdi Mouawad explora en Incendios se mezcla con el desconsuelo de estos incendios, que arrasaron una buena parte del paisaje que nos acoge.

No puedo hablar de Incendios de Mouawad, en la escenificación de Mario Gas, sin recordar los incendios que asolaron mi tierra. Las emociones sublimadas de cólera, tristeza y sobrecogimiento, que había gozado en el teatro, se mezclan con esas mismas emociones, sin sublimar, padecidas al remate de la función. Creo que las primeras actuaron sobre las segundas disponiendo una cierta dosis de serenidad y escucha.

Otra diferencia: en Incendios de Wadji Mouawad la tragedia acaba por extinguirse con esa lluvia final salvífica. Sin embargo, fuera de los escenarios, el monstruo sigue acechando, latente.

Si la gente fuese más al teatro, quizás el monstruo dejaría de escupir fuego.

Las artes son como esa lluvia que limpia los ojos y hace brillar la mirada. Esa lluvia que hace brotar las fuentes.

 

 

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