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Jue, Dic

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Ante la angustia de una situación incómoda, sobre todo si esta se mantiene por más tiempo del esperado, a muchos se nos pasa por la cabeza una onírica posibilidad de viajar hacia lejanos lugares, lo suficientemente alejados como para apartarnos de nuestra realidad indeseada.

Un viaje a un destino utópico creado en nuestro ideario, moldeado por esas curiosidades o características particulares con las cuales hemos ido preparando un deseable coctel de realidad paralela.

Un lugar lleno de colores combinados, de sabores exquisitos, con paisajes de ensueño, todos muy distintos a los de nuestro diario vivir, y por supuesto, diametralmente opuesto a la situación que nos lleva a soñarlo probable.

Queremos ser observadores de un devenir sobre el cual no tenemos ni podríamos tener real injerencia, donde el resultado de nuestro actuar no afecte en nada a nadie. Tantas veces nuestro actuar nos ha pasado la cuenta que por unos momentos no queremos pagar el costo de nuestros errores.

Ser un ausente absoluto desde un sitial de observador no comprometido. Queremos ser turistas artificiales y no reales participes. Queremos conocer o más bien atisbar otra realidad de la cual quizás y solo quizás, podamos aprender algo, sabiendo en lo más profundo de nuestro sub consciente, que todo viaje de ida tendrá irremediablemente una vuelta, una ida para aprender y una vuelta para, ojalá, aplicar lo aprendido.

El principito de Antoine de Saint Exupery, con su lógica no contaminada por una vida aprendiendo a no ser, decía que al caminar en línea recta no se podía llegar muy lejos, pero de seguro, sea cual sea el camino tomado, tarde o temprano volveremos a pasar por el mismo punto. No es que hayamos retrocedido, pero durante nuestras vidas volveremos a pasar más de alguna vez por situaciones similares.

De más está decir como los ancianos vuelven a ser niños, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

Por eso nunca debemos desestimar o desechar una experiencia, sea del tipo que sea.

No necesitamos desplazarnos grandes distancias para efectuar un viaje iniciático maravilloso; día a día, por el solo hecho de despertar, nos estamos embarcando en el viaje de la vida. Llena de desafíos, logros y fracasos, penas y alegrías, amores y desamores. El único equipaje que nos es indispensable, es nuestra voluntad de tener un espíritu abierto a las posibilidades.

Usar nuestro tiempo y recursos en esos viajes de ida y vuelta, tanto físicos como espirituales, es sin duda alguna la mejor de las inversiones posibles, sobre todo porque la rentabilidad perdurará.

Nos quejamos de no tener el tiempo necesario.

¡Mentira!

El acelerado ritmo de la vida contemporánea nos impone un cansancio perpetuo del cual queremos recuperarnos haciendo esos viajes de ensueño usando como brújula y timón el control remoto de la televisión, pero lamentablemente ese viaje ilusorio de alta resolución y con sonido de alta fidelidad, jamás podrá reemplazar a un viaje físico.

Segundos bien vividos pueden ser infinitos de enriquecimiento vital.

Ahora que estoy terminando este escrito, mejor voy y vuelvo.

 

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