Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Hans–Thies Lehmann, DEP

Descanse en paz. Hace poco, alguien que ama el teatro tanto como yo me regaló una copia del “Teatro Posdramático” editado en castellano por CENDEAC. Lo había hojeado, pero no lo había leído. Conocía a Lehmann hace tiempo, pero no había puesto aún mis manos sobre este trabajo con la intención de leerlo y reflexionarlo y la muerte del autor me ha pillado literalmente en mitad de este proceso. Mi acercamiento previo, y analizando sus postulados desde la perspectiva del espectador, me hizo inicialmente alejarme de su docencia por entender que se centraba en un nuevo planteamiento de entender la creación y no en la transformación que esta puede hacer en quien la experimenta. Como dice José A. Sánchez en su prólogo, su visión del teatro se trataría de una propuesta de doble tensión, por un lado, una que presenta una autonomía del arte escénico frente al drama y otra que reivindica al propio teatro como medio. En definitiva, el postmodernismo que propone Lehmann es una redefinición del drama, uno que reposiciona al texto fuera del centro alrededor del que pivota el teatro y lo pone a la misma altura que toda expresión artística con la que encuentra espacios de resonancia. Evidentemente, esta propuesta no es original. El teatro es un constructo dinámico y esta idea ya había sido presentada. Pensemos por ejemplo en Beckett, Artaud, Brecht o directamente su alumno Heiner Müller de cuyo saber Lehmann bebió directamente.
Yo no soy un experto en Lehmann. Repito que su muerte me pilla leyendo (estudiando) su trabajo, pero hasta donde entiendo, su visión del teatro se alinea con la que, de manera instintiva, tenemos otros estudiosos entre los que me encuentro. Me refiero al camino de construcción escénica que no subyuga el resultado al texto. Podría parecer arriesgado porque durante años, los vientos han soplado a favor de la literatura y su literalidad escénica, pero una sencilla reflexión justifica que este riesgo es menor, baste pensar en la falta de fronteras del teatro griego en el que coexistían texto, música, baile. Pero esto no es suficiente. Desde esta tribuna, llevo un tiempo estudiando la convergencia entre las neurociencias y el arte escénico. Uno de los criterios que se deben asumir cuando se plantea este binomio es el de entender la comunicación teatral como un espacio de modificación tanto para el que emite como para el que recibe. De esta forma, este último también emitirá a través de una percepción que llegará al emisor y condicionará su modificarse. No es de extrañar, por tanto, que defienda una superación del drama y una equiparación al resto de expresiones artísticas que hagan sacudir al espectador en su butaca. El caso es que, ya desde el índice de su “Teatro postdramático”, echo de menos algún capítulo dedicado al espectador. El espacio para el que está escrito lo habita el intérprete y su redacción está centrada en cómo este puede entender la creación. Sí, claro, hay referencias al público, las hay en cualquier estudio, pero no al nivel que a mí me gustaría que las hubiese. Defiende Lehmann un teatro como un acontecimiento social en el que el espectador es consciente de que lo que experimenta depende tanto de él como del resto de espectadores, y eso es esencial, pero en ningún capítulo he leído reflexión alguna sobre la aportación del público a su manera de entender la creación.
Discúlpeme el lector conocedor de este teórico si ve que me equivoco. Terminaré el libro y ratificaré o refutaré lo que hoy escribo. Hace casi un año escribía una columna sobre este tipo de teatro y su cruce con las neurociencias en el que afirmaba que el discurso de Lehmann propone un cambio de mentalidad que incluye al espectador en la creación en el sentido de que es este el que experimenta, pero deja su estudio a otros. Bueno, pues entre ellos me encuentro y seguro estoy de que son elementos compatibles, no sé cómo, pero eso es lo bonito del teatro, aún hay tanto que aprender, ¿no? Lo dicho, descanse en paz y gracias por abrir caminos.

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