Velaí! Voici! | Afonso Becerra

María Casares exiliada y efeméride

¡Qué pereza dan las conmemoraciones y todas esas actividades marcadas como efemérides inevitables! Entiendo su utilidad y necesidad, sobre todo en lo que se refiere a reivindicación de personas que han aportado algo a la sociedad y que, a lo peor, permanecen olvidadas o poco valoradas por el común de los mortales. Ese esfuerzo de las administraciones públicas por eternizar a esas personas, elevándolas a la categoría de arquetipos (representantes de un valor humano universal) y encumbrando su historia al mito, es encomiable, sobre todo, cuando recupera del injusto olvido y anonimato a quien ayudó a mejorar el mundo más allá de su propia conveniencia.

Sin embargo, las efemérides marcadas por la administración pública tienden a generar algo parecido a una moda, un fenómeno que refuerza el clasismo meritocrático: tú sí, tú no, y apuntala el canon. Contra la utopía de la horizontalidad, la pirámide de ese olimpo de las diosas y los dioses sobre los que ha recaído la barita mágica del calendario y de las comisiones de sabias/os.

Supongo que mis recelos no vienen solo de tener que “obedecer” las pautas dirigistas que se nos marcan desde palacio. Pienso que también influye que, entre las colegas de las artes escénicas, tan dependientes, por lógica, del dinero público, las efemérides se convierten en una especie de condición o garantía de trabajo. He escrito “por lógica” porque, desde mi punto de vista, las artes escénicas son un bien inmaterial y un servicio público que debe estar respaldado por los gobiernos. Una compañía teatral, por ejemplo, tiene más posibilidades de ser subvencionada, de conseguir coproducciones, funciones y la atención de los medios de comunicación si escoge el tema, la historia o el personaje que ese año está en boga. En los contextos culturales más precarios y con menos posibilidades, las efemérides señaladas desde la administración y las instituciones acaban por ejercer una especie de tiranía: todo lo que no gire a su alrededor va a tener poca capacidad de convocatoria y pocas oportunidades.

De manera parecida va a suceder con algunos temas que están en el candelero de los debates, como la inclusión o la diversidad funcional, con géneros o formatos que se vuelven tendencia cuando varias direcciones artísticas de festivales importantes deciden programarlos, véase el caso del teatro documental, la autoficción y las conferencias-espectáculo. Todo lo que no entre en esta moda se queda en los márgenes, contrariando el fomento de la pluralidad, la heterogeneidad y la emancipación del público. Se establecen guías y se decide qué es lo mejor que podemos ver. La centralidad y los márgenes. Y las efemérides, que si te acoges a ellas, siempre vienen con un pan debajo del brazo.

Contrariando esto y dándole inteligentemente la vuelta a la tortilla, hay compañías que consiguen hacer suyos esta especie de encargos. No me parece nada fácil entrar en el pesado aparato de las efemérides marcadas por las instituciones y salir con éxito de la mole de expectativas y apriorismos que se generan. Creo que es un desafío muy grande entrar en esos terrenos que parecen pugnar por la grandilocuencia y el baño de masas, desde lo más rico del teatro, que es lo pequeño, lo cercano, el detalle, lo sutil, lo sencillo y, a la vez, lo más complejo.

La Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia y el Ayuntamiento de A Coruña han decidido que 2022 es el año María Casares, porque el calendario nos dice que estamos en el centenario del nacimiento de esta gran actriz francesa, nacida en A Coruña el 21 de noviembre de 1922.

En 2019 la compañía gallega Butaca Zero estrenaba Despois das ondas, el texto con el que Ernesto Is había ganado el Premio Rafael Dieste de la Diputación de A Coruña. Una obra evocativa, a medio camino entre lo epistolar confesional y lo documental, para abordar el viaje de retorno frustrado de María Casares a España. El montaje de Butaca Zero, dirigido por mi colega de la ESAD de Galicia, Xavier Castiñeira, era ambicioso en lo escénico, exhibiendo un muestrario de modalidades como el cine en directo, con la intervención de Roi Fernández, el teatro documental, el drama intimista y confesional, el show musical y la meta-teatralidad posdramática, con citas de Reise Durch Die Nacht (2012) y Fräulein Julie (2010) de Katie Mitchell, en los juegos con el cine en directo dentro del teatro y en el set de las escenas del tren.

Dentro de los actos de “2022 CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE MARÍA CASARES”, la compañía A Quinta do Cuadrante, formada por Melania Cruz y Tito Asorey, se ha atrevido a firmar el espectáculo que, por fin, nos trae a María Casares sin que el personaje de ficción, pues hoy María Casares es un personaje histórico de ficción, tape a la actriz. Continente María. Un diálogo con María Casares (Teatro Rosalía de Castro de A Coruña, 16 de mayo de 2022), parece ser la obra con la que, por fin, la exiliada María Casares, la actriz francesa de origen gallego, vuelve a su patria: los escenarios.

A Quinta do Cuadrante ya nos había impresionado profundamente con su debut, cuando estrenaron O empapelado amarelo (Auditorio Municipal de Ourense, 27 de enero de 2019).

Frente a O empapelado amarelo, que era un solo de Melania Cruz, Continente María es un dúo de ésta con el músico actor bielorruso, asentado en Galicia, Vadim Yucknevich. Ambos despliegan una rica gama de matices interpretativos en lo actoral y lo musical.

Diríase que Tito Asorey, en la dramaturgia y dirección, y Melania han encontrado en la figura y la historia de la gran actriz francesa la oportunidad para proyectar su gran amor al teatro, como lugar de pasión y realización personal.

Continente María me pareció una declaración de amor al teatro. Una celebración de lo que, quizás, la vida tiene de más meritorio y acuciante: la acción, la capacidad de decidir, la superación de los miedos, la libertad necesaria para decidir y actuar. En esto Melania Cruz brilla rutilante. Vemos a una actriz en estado de gracia.

El sábado 21 de mayo, en el Salón Teatro de Santiago de Compostela, que fue donde yo la puede ver, un espectador interrumpió la función al grito de «¡Maravillosa! ¡Eres maravillosa!», después de la interpretación de la canción La vie en rose, y, al final, hubo una ovación con todo el público en pie.

No es solo la excelencia interpretativa en su capacidad para compartir, de manera inédita y singular, diferentes estados emocionales al hilo del relato. Es también la fisicalidad y la performance vocal, interactuando con la performance sonora y musical de Vadim.

Además, Continente María es un homenaje y un acto de justicia poética con la exiliada María Casares.

Casi me atrevería a decir que Melania y Tito, el núcleo de A Quinta do Cuadrante, encontraron en la Casares varios elementos comunes a ellos, desde el más evidente, el amor al teatro, hasta el hecho de sentirse exiliados, como puede acontecerle, en Galicia, a cualquier persona cuya vocación y profesión sean las artes escénicas. Un lugar en el cual poder ejercer digna y exclusivamente la profesión resulta extremadamente difícil. “Mi patria es el teatro” decía María, de ser así, una actriz y un director, en Galicia, pasan más tiempo fuera de su patria que dentro de ella.

El Salón Teatro, en Compostela, del Centro Dramático Galego, es el único espacio de toda Galicia que ofrece funciones más días que la excepcionalidad de los fines de semana. Pero, aun así, la ciudadanía gallega continúa sin tener los mismos derechos que la de otros lugares donde la oferta teatral no se restringe a un día o dos a la semana.

María Casares tuvo que exiliarse, pero pudo realizarse como actriz en Francia, Melania Cruz se está realizando como actriz sin abandonar Galicia y tiene muchísimo mérito por la dificultad que esto entraña. Es más, en esta obra demuestra una madurez interpretativa como si fuese una actriz con muchas tablas, cosa que en el contexto gallego resulta prácticamente imposible.

“Pobre del que intenta detener el río para apoderarse del agua”, es una de las frases que cierran el capítulo sobre las relaciones amorosas de María Casares. El texto, escrito por la dramaturga uruguaya Marianella Morena, apela a otra de las enseñanzas que el teatro, como arte efímera, nos brinda. Ese no aferrarse a las relaciones afectivas, ese saber aceptar y desprenderse, como le aconteció a la Casares con la tierra, con los amores, con los teatros, como, sin duda, también le aconteció a Melania y a Tito y a muchas de las personas que estábamos participando desde las butacas.

La lectura al micrófono, en francés, de una carta de María, al inicio, es un establecimiento de la convención de la rentable ambigüedad entre la actriz y el personaje. A eso contribuye también el tránsito entre el personaje María y la actriz Melania, suave la mayoría de las veces, sin marcas teatralizantes, excepto cuando interpreta a la María Casares niña, asomada en el balcón de la casa de la Rúa Panaderas de A Coruña. Fuera de este breve momento, todo en la interpretación de María y en la actuación de Melania resulta inédito y de una singularidad inimitable. Magistral esa convivencia sobre el escenario de dos actrices, una la francesa gallega, María, y otra la gallega Melania. En todo caso, actrices de presencia escénica amplificada, de consciencia sutil en cada detalle, en los gestos mantenidos, en las inflexiones de la voz y la mirada, en las posiciones del cuerpo, en los avances y retrocesos, en la ocupación del espacio, totalmente poseído por sus auras. Del mismo modo que el tiempo es creado por la musicalidad de su actuación, aquí enriquecido por la armonía con toda la performance sonora que Vadim ejecuta en diferentes instrumentos, desde el piano preparado, hasta el acordeón, pasando por la percusión etc. El tiempo en el que entramos de la mano de Melania y Vadim es el del relato, con sus evocaciones históricas y con sus reflexiones filosóficas sobre la vida y el arte, bien medidas.

También debería hacer mención a la dosificación y a la justa mesura de los vídeos, de Laura Iturralde, con una textura de imagen que los integra en la creación artística despegándolos del estilo obvio de lo documental. Una textura de imagen muy plástica que armoniza casi en unidad dramática, aunque su filiación, igual que la de los números musicales, las canciones, pueda considerarse brechtiana. Pero, a ver, Brecht era muy dramático, lo épico en Brecht nunca llegó a diluir lo dramático. Y creo que en todos los trabajos que le he visto a Tito Asorey acontece algo parecido, lo dramático es la base y el show o lo espectacular siempre son muy comedidos. Esto tiene sus virtudes, no hay concesiones al efectismo gratuito y comercial, ni siquiera en montajes masivos como Fariña, con Ainé Producións, que también participa, junto al CDG (Centro Dramático Galego) en la coproducción de Continente María.

María Casares nunca volvió a Galicia, volvió a España para el estreno de El adefesio de Rafael Alberti en el 76, pero el público y la crítica no la acogieron bien. Su castellano tenía acento gallego y esa lacra fue un palo más en las ruedas. Así que la actriz francesa volvió a su país de acogida.

En Galicia los premios de teatro de la Asociación de Actrices y Actores llevan su nombre desde hace veintiséis años. En 1995 la Revista Galega de Teatro y la compañía Teatro de Ningures crearon el Fondo Teatral María Casares en la Biblioteca Municipal de Cangas do Morrazo (Pontevedra) y en 2007 el Ayuntamiento de A Coruña abre el Museo Casares Quiroga, en el número 12 de la calle Panaderas, con la última planta dedicada a la actriz.

Hoy la Casares es un mito que, como espejo, no nos devuelve una imagen complaciente de nuestra historia y de nuestra sociedad. Sin embargo, una propuesta como Continente María nos puede acercar a la parte más definitiva e importante, al meollo de la cuestión: es fácil que la historia se repita y pueda asaltarnos la barbarie, como se puede comprobar con las guerras activas a día de hoy. Pero aquí y ahora tenemos una responsabilidad, ser conscientes que la pelota también está en nuestro tejado y que no vale de nada parapetarnos en homenajes y efemérides si no nos aplicamos el cuento.

El regalo que nos hicieron Melania y Vadim en escena, amparados en el equipo artístico que les rodea, impugna la miseria que nos circunda. El arte nos procura esa experiencia en la que María Casares fue una gran luz.

P.S. – Otros artículos relacionados:

De confinamientos y pesadillas. Melania Cruz y Tito Asorey en A Quinta do Cuadrante”. Publicado el 12 de octubre de 2020.

Para flipar, mejor la Fariña teatral”. Publicado el 6 de enero de 2020.

Mostrar más

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba