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Teatro. Política e identidad. La luna va encubierta

Quienes nos dedicamos a las artes escénicas y quienes las gozamos, también, participando desde la recepción, sabemos que la identidad es un relato, una construcción. También sabemos que el relato existe en base a jerarquías. Los procedimientos de la retórica clásica: selección, secuenciación y ordenación, son los que operan. Está el ADN, lo biológico, y lo cultural. Están los condicionamientos inconscientes. Y todo ese batiburrillo nos da el ser: la identidad. Está el ser individual y está el ser colectivo, la colectividad, siendo, a su vez, interdependientes.

El teatro también construye y crea relatos, no solo imitando o poniéndole un espejo a la supuesta realidad, desde una óptica determinada. El teatro piensa jugando en la sala de ensayos. Pero también es producto del pensamiento que la dramaturgia y dirección, sobre todo, pueden ir elaborando en sus cabezas y trayendo para probar en la sala de ensayos. Así pues, el teatro también sale de las mentes y no solo de las interacciones de juego en la sala de ensayos.
Tanto las mentes como la óptica, la perspectiva, la mirada que no se produce en los ojos sino en el cerebro, están influidas por la ideología y los valores éticos y morales. Al mismo tiempo, también juegan a contestarlos, reprobarlos, cuestionarlos y, de un modo u otro, fomentar, estimular o instigar el pensamiento. Es fascinante ese círculo, ese vaivén entre lo que pensamos, lo que creemos y todos los condicionantes, conscientes e inconscientes, que influyen en ello.

Desde el teatro más panfletario hasta el supuestamente apolítico para todos los públicos, que insiste en ser un entretenimiento infalible y exitoso, todo es político, igual que cualquier manifestación humana, más allá de las necesidades básicas cuyo nivel de expresión es ínfimo (mear, cagar, dormir, comer, beber, toser…). Incluso en las necesidades básicas podemos encontrar marcas expresivas de la cultura, la época, el lugar. No sé si es posible toser igual en una dictadura militar o en una democracia. No sé si la forma de beber es la misma en al Edad Media que en el 2023. En todo caso, está claro que el resto de expresiones humanas, de manera más sutil o explícita, muestran una ideología y una identidad.

Estos pensamientos me vienen, condicionados por ‘A lúa vai encuberta’ (La luna va encubierta) de Manuel María, en la dramaturgia de Vanesa Sotelo, que recibió el Premio María Casares del teatro gallego a la mejor adaptación, y dirigida por Tito Asorey (conocido fuera de Galicia, principalmente, por el espectáculo ‘Fariña’, a partir del ensayo de Nacho Carretero sobre el narcotráfico gallego).

‘A lúa vai encuberta’ es una producción que reúne a la compañía de Vanesa Sotelo y Davide González, Incendiaria, y a la de Melania Cruz y Tito Asorey, A Quinta do Cuadrante. Fue ganadora del II Certamen Manuel María de Proyectos Teatrales 2020 de la Fundación Manuel María, estrenada en Ourense el 10 de septiembre de 2021.

‘A lúa vai encuberta’ abrió la programación de esta temporada en la Sala Ártika de Vigo, donde yo pude verla el sábado 14 de enero de 2023.
Es un gusto ver el teatro lleno, sentir la atención del público y el aplauso final, en pie. Porque no es tan usual en Galicia eso de ponerse en pie para aplaudir. Tampoco es usual que las compañías tengan muchas funciones, porque hay pocos teatros, en comparación con ciudades como Barcelona o Madrid y porque la programación es solo de fin de semana, de uno o dos días a la semana, o de menos, según el ayuntamiento. En este sentido, el premio de la Fundación Manuel María lleva asociado una cantidad de funciones (treinta), además de las que las compañías puedan conseguir por su cuenta y eso se nota en ‘A lúa vai encuberta’. Da gusto ver a Vanesa, Davide, Melania y Tito en una actuación tan convincente y bien ritmada. En esas presencias bien afincadas, que delatan no solo talento y óptima formación, sino también tablas. ¡Qué importante eso de tener tablas y cómo se nota!

Si todo el teatro es político, este aún lo es más todavía, pero con el sensato equilibrio de la sutileza en lo explícito y sin perder el implícito de las metáforas y la gracia de caricaturas y parodias. Las metáforas, en la Dictadura, eran herramientas para librarse de la Censura y para preservar la vida de los artistas en situación de ausencia de libertades básicas. Ahora son recursos para abrir el lenguaje, para fomentar la participación creativa, para elevar el vuelo.

En ‘A lúa vai encuberta’ hay una pulsión expositiva y de denuncia, formulada en forma de cuestionamiento, por parte del elenco, formado por artistas que han nacido después de la muerte de Franco, el dictador gallego del golpe de estado del 36.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?, se (nos) preguntan, en contraste con el actual ascenso de la ultraderecha o de la simpatía ignorante que mucha gente tiene por el fascismo. ¿Pueden el teatro y la palabra hacer algo?
¿Qué mira esa niña o ese niño de las fotos familiares?, que se proyectan sobre la pared vieja repintada y rodeada de humedades, en ese espacio metonímico y metafórico del escenario (escenografía de Carlos Alonso, conocido fuera de Galicia por la de ‘N.E.V.E.R.M.O.R.E’ de Chévere). Un lugar lleno de goteras ficcionales que puede evocar una nación, Galicia. Al inicio del espectáculo, cada uno de los integrantes del elenco intenta “armar las goteras” con baldes, de los que, después, saldrá confeti rojigualda, lanzado en los momentos de clímax.

Hay un repaso, desde la Dictadura y sus violencias hasta las actuales, en lo que pudiera parecer otro tipo de dictadura neoliberal en la que todo se vende. Hacen una enumeración de espacios e instituciones, desde los montes comunales, para las industrias contaminantes, hasta los espacios urbanos, para el turismo y la gentrificación, desde los medios de comunicación hasta el Centro Dramático Galego. Así lo enuncian, como en pancartas verbales: “¡Se venden aldeas!” “¡Se vende Sanidad Pública!” “¡Se vende Universidad!” “¡Se vende Diario Cultural!” “¡Se vende Centro Dramático Galego!”, dicen las actrices y los actores, casi al final, enmascarados con cabeza de koala, una especie tan autóctona de Galicia como los eucaliptos (esas bombas de combustión para los incendios y que, por su crecimiento rápido, dan dinero y alimentan las industrias de la celulosa, asentadas, desde la Dictadura, en Galicia).

En esa especie de pancartas finales, después de ver los documentos audiovisuales con casas y fincas en venta, en el rural y en las ciudades, se incluyen instituciones y medios públicos, que son gestionados y dirigidos por organismos que emanan de la actual democracia. Es ahí, quizás, donde habría que atender a manipulaciones más inconscientes y sutiles que, asentadas en la ignorancia y en el relato construido, siempre desde el poder, condicionan las políticas que los administradores despliegan sobre los administrados a los que representan, porque la mayoría les ha votado. O sea, elegimos, en cierta manera, condicionados por el relato que se construye desde altas instancias (el poder), gobiernos y multinacionales, que, a su vez, son apoyadas por nosotros. ¿Somos, entonces, nosotros quienes (nos) vendemos de manera delegada? Así, en función de leyes, emanadas por nuestras instituciones democráticas, ¿vendemos, en Galicia, nuestra lengua, nuestros montes, nuestra costa, nuestra Sanidad, etc.?

La lengua, vinculada a las emociones y a la identidad de un pueblo, es uno de los asuntos mayores de ‘A lúa vai encuberta’. El propio Manuel María intentó, durante toda su vida, en momentos adversos como la Dictadura y a lo largo de la Transición, enriquecer todos los ámbitos culturales escribiendo en gallego y buscando su “normalización”, hoy en día amenazada, como una lengua indígena que cada vez habla menos gente, según los propios estudios y estadísticas oficiales.

‘A lúa vai encuberta’ también aborda y ataca los tópicos folclóricos que, desde los años oscuros de la Dictadura, se fomentaron sobre la identidad gallega: la teoría de la saudade, la morriña, la belleza de la lluvia, la mansedumbre, el pueblo abnegado y trabajador que no protesta, sino que emigra. Tópicos alentados, a manera de concesión, desde dentro, por la intelectualidad gallega que no se exilió y que se quedó en Galicia durante la Dictadura, asentando, en buena parte, las bases de lo que tenemos ahora.
Ahí entra la parodia, desde un estilo y una sensibilidad muy contemporáneas.

Por ejemplo, en una escenificación cómico-fantástica: las escenas sobre la mesa camilla, desde la que Ramón Piñeiro, en su casa, junto a otros intelectuales galleguistas católicos y de derechas, defendieron el gallego y el mito celta o fundaron la Editorial Galaxia. Los juegos, en una canción en directo, a la manera de la canción de protesta, sobre la caída de la dentadura del perro viejo, con un cóctel imágenes del Dictador anciano, de fondo, y la posible homofonía: dentadura/dictadura. O el enfoque serio, cuando simulan las reuniones clandestinas de la resistencia, durante los años finales de la Dictadura, y evocan las primeras y las más importantes huelgas de la clase trabajadora de todo el Estado, que fueron en Ferrol y Vigo, frente a la explotación, la falta de libertades y la represión policial. Cómo la clase obrera paró y, en esas ciudades, todo se paró. Cómo el elenco, sentado frente al público, también para y se abre un espacio muy vívido de homenaje y reflexión.

‘A lúa vai encuberta’ utiliza el cabaret, el musical y el teatro documento para hacer un repaso, expositivo y reflexivo, de algunos capítulos decisivos de la historia que nos ha traído hasta aquí. Teatro de la convención consciente, en el recurso a lo metateatral, sobre la consciencia de la identidad gallega. Debate sobre la memoria y la amnesia, ambas tejidas en los relatos de la historia (identidad) y sobre la justicia. ¿Es o ha sido la memoria y el relato, lo que somos, algo que podamos contemplar desde la justicia?

Una historia de manipulaciones, usurpación, rapiña, abuso y venta, en la que las responsabilidades, a mi modo de ver, se pueden repartir. Pero también una historia de resistencia, rebelión y lucha contra las injusticias. Y, en la encrucijada, el teatro. ¿Pueden el teatro y la palabra hacer algo?

P.S. – Artículos relacionados:

“El espectáculo del fútbol y el del teatro”. Publicado el 14 de noviembre de 2022.

“María Casares exiliada y efeméride”. Publicado el 23 de mayo de 2022.

“De confinamientos y pesadillas. Melania Cruz y Tito Asorey en A Quinta do Cuadrante”. Publicado el 12 de octubre de 2020.

“Microspectivas de un marica millennial y la estética agrocuir”. Publicado el 27 de junio de 2020.

“Para flipar, mejor la Fariña teatral”. Publicado el 6 de enero de 2020.

“La maquinaria de la ingeniería dramática y la perplejidad gozosa”. Publicado el 12 de junio de 2015.

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