Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Tercera edad

Estoy ad portas de entrar a lo que se conoce como la tercera edad. Cada mañana al afeitarme, me veo en el espejo y me niego a estar clasificado con esa etiqueta de viejo caduco. Evidentemente, al verme cada mañana, no he podido apreciar como el tiempo no pasa, sino que va dejando lentamente marcas a su paso.

Quien haya cumplido más de 50 años y no le duela algo, seguramente no tiene 50 años.

Si bien es cierto la edad trae consigo ciertos beneficios como la de tener estacionamientos reservados y preferencias al momento de hacer alguna fila en el banco o para pagar en un supermercado, el deterioro emocional producto de tal etiqueta, es demoledor. Por eso, seguiré estacionándome lejos de la entrada y haciendo las filas largas, como para afianzar mi auto estima.

Cuando era joven de primera edad, pensaba que mi abuelo, a pesar de estar físicamente en perfectas condiciones, por cuanto siempre fue muy activo, para mis ojos, estaba hecho todo un anciano. Mientras jardineaba removiendo tierra con esa pala que yo apenas me podía, pensaba que él no debería estar ahí, sino sentado en una silla mecedora, tomándose un té y con la vista perdida en las imágenes de la televisión, solo para matar el tiempo, el poco tiempo que le quedaba.

Ahora tengo más años de los que tenía mi abuelo en ese entonces, y para nada me veo descansando perpetuamente.

He leído por ahí que la expectativa de vida aumenta 10 años por cada nueva generación, eso claro, si uno se somete a un estricto control médico y le hace contribuciones periódicas a la mega, hiper, ultra, giga, tera millonaria industria farmacéutica internacional.

Mi madre ya tiene 86 años según su cedula de identidad, pero como antiguamente los bebes no eran inmediatamente inscritos y podían pasar algunos años, de seguro tiene al menos 90 años.

Si estuviésemos algunas décadas atrás, seguramente ya la habrían entrevistado de alguna cadena televisiva para conocer el secreto de su longevidad, pero hoy en día, ya parece una edad normal.

Tiene todas las enfermedades físicas producto de los años que van desgastando una maquina biológicamente incapaz de resistir tanto. Diabetes, hipertensión, un marcapasos, enfermedades que debe mantener a raya, transformando se en una verdadera farmacia ambulante.

De la cabeza está bien, bien como para relatarme la misma anécdota una y otra vez, relato ante el cual yo, por supuesto me maravillo una y otra vez.

Que quede claro, no me estoy quejando, sobre todo porque lo más probable es que yo esté avanzando a pasos agigantados a una condición similar.

Me he dado cuenta que mi límite de estadía con ella, a menos de que la tenga que llevar al doctor o a hacerse exámenes médicos, es de 15 minutos, porque al minuto 16 empezamos a discutir y en los minutos siguientes, la situación puede salirse de control.

¿Por qué?

Da lo mismo, nunca ha existió una situación de peso, pero terminamos discutiendo, por lo que al minuto 14, aprovechándome de que ella ya está sorda, yo empiezo a escuchar como alguien me llama y me tengo que ir.

¿Cobarde? ¿Intransigente?

Puede ser.

Lo único que sé a ciencia cierta, es que la tercera edad es el tránsito entre una vida alejada de la vitalidad muscular de alguna vez, esa que actuaba antes de pensar y el comienzo de una etapa de reflexiones antes de actuar.

Ya escribiré sobre la cuarta edad, y sinceramente espero también hacerlo sobre la quinta y la sexta y…

La vida no es fácil, pero por encima de todo, vale la pena vivirla.

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