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Lun, Sep

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Es una sana costumbre salir de una función y rumiarla, paladearla en grupo y desgranarla para terminar de digerirla. Y es una costumbre muy española que en esta digestión pongamos a parir a los actores. Y que nadie se ofenda, escribe un actor.

 

Son varios los factores que hacen de una representación una experiencia subjetiva y, por tanto y por definición, imposible de ser sujeta a una crítica objetiva. No quiere esto decir que no debamos dejarnos guiar por las críticas de los críticos oficiales o consejos amigos: vayan a ver a fulano en tal obra, eso sí que es teatro. Algo así sencillamente expresa la opinión de otro, está inevitablemente tamizado por su subjetividad, y por tanto, es injusto de calificarlo como cierto. Hasta este mismo párrafo encontrará detractores y, es que, es imposible que el chocolate le sepa igual a todos aunque sea belga. Y me gustaría hablar sobre el papel del chocolate belga, el intérprete en esta metáfora facilona. Su trabajo es muy difícil. En esencia consiste en hacernos creer que lo que estamos viendo es la primera y única vez que le sucede y, por tanto, todas las acciones – reacciones que contemplamos sobre el escenario son orgánicas. Obviando el hecho de que sabemos que el teatro es eso, teatro, quiero poner el foco en el procesado del cerebro del que está sudando bajo los focos. En neurociencia, hay un concepto llamado desplazamiento del procesado consciente al no consciente que se apoya en la complejidad cerebral estructurada funcionalmente en capas.

Un aspecto conocido de la conciencia es su habilidad para moverse de lo consciente a lo inconsciente de manera automática. Es un movimiento necesario cuando se está estudiando un personaje, sus tareas motoras, su manera de expresarse y relacionarse, etc. Dos pioneros en la imagen funcional, Marcus Raichle y Steven Peterson, propusieron el concepto “andamiaje para el almacenamiento” según el cual, usamos procesamiento consciente durante una práctica mientras estemos desarrollando las habilidades complejas y/o memorias que necesitamos para llevarla a cabo. Es el tipo de procesado cerebral que el intérprete lleva a cabo hasta consolidar su memoria abrazándola con acciones que establece para sostenerla y dar vida al personaje. Una vez que tiene interiorizado su papel, su actividad cerebral y su propio cerebro cambian. Este cambio está ligado a la hipotética retirada de ese andamiaje y el uso de estructuras relacionadas con el almacenamiento. Utilizando tecnología de imagen funcional, PET, estos investigadores comprobaron que este proceso, andamiaje – almacenamiento, sucede en el cerebro consciente. Demostraron que durante el aprendizaje existen unas regiones de la topología cerebral ligadas a ese andamiaje y después de aprender la tarea, se involucra otro conjunto de áreas para su puesta en marcha. En términos de capas, el procesado interiorizado se mueve hacia una capa más baja, inconsciente. Existen por tanto cambios en la conectividad cerebral durante el aprendizaje y una vez que ha ocurrido el movimiento de lo consciente a lo inconsciente, es difícil reiniciar el procesado consciente. Un actor puede recordar el texto más complejo al ligarlo a las acciones y actitudes que ha decidido prestarle a su personaje para darle vida, pero es posible que no lo recuerde igual detrás de una taza de café, puede que incluso le costara hacerlo porque recurriría al consciente donde ya no habita el personaje. Es un proceso que se ha estudiado en más de un escenario. Uno similar de la universidad de Harvard estudió jugadores de ajedrez desde que comienzan hasta que se convierten en maestros. En el nivel de maestría, los jugadores son capaces de jugar simultáneamente un alto número de partidas y su juego parece intuitivo según se desplazan de tablero a tablero. En esencia, dice el estudio, juegan por intuición, intuición aprendida, esto es, saben cuál es el mejor movimiento sin saber cómo lo saben porque estos movimientos no están registrados a nivel consciente.

En el cerebro de un intérprete, la transición de un procesado controlado y consciente a uno automático e inconsciente, requiere de múltiple actividad cerebral hasta que las regiones de control cognitivo se desenganchan y el procesado no consciente aparece. La habilidad para relegar tareas y memorias al espacio no consciente, le permite al actor dedicar sus recursos conscientes a reconocer y adaptarse a los cambios que aparezcan de manera espontánea en escena. El actor tiene que saber hacer convivir esos recursos conscientes con lo que emerge del inconsciente, y esta tarea no es baladí a los ojos de un espectador que está entrenado en la vida y sabe que le mienten. Digo que no me creo a un actor porque no ha registrado en su inconsciente lo que, para mí, puede ser orgánico y creíble. Digo que no me creo cómo habla, cómo se mueve o cómo hace uso de la voz. Y un crítico puede decir todo lo contrario. La recepción de un trabajo es subjetiva y por eso la profesión del actor es tan difícil, nunca convenceremos a todos porque nuestro inconsciente nunca estará sintonizado con el de todo un patio de butacas. Afortunadamente.